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Leyendas de Sotobosque

Os presentamos con ilusión una diversidad de cuentos que irán creciendo a la vez que este lugar nombrado SiempreVerde crezca en vida y amor.

Aquí podrás encontrar cuentos firmados por la autora, Noelia Velasco, estos son de su propiedad y están registrados en el Registro de la Propiedad Intelectual de Oviedo. También hayarás cuentos de otros autores, por favor respeta su autoría.

Los cuentos anónimos son libres de compartir sin mencionar autoría.

DAVEN Y EL ÁRBOL CÓSMICO

 

   Daven vivía con sus padres al sur de los Alpes Escandinavos, en una zona lindera conocida por sus hermosos bosques y por la variada fauna que en ellos habita. Pero Daven por aquella época tenía sólo siete años y ningún concepto formado acerca del lugar en el que vivía, sólo se limitaba a disfrutar encaramándose a los árboles, jugando al silencio para fundirse con el paisaje y poder participar de las danzas de los animales. Su madre se pasaba el día regañándole, pues apenas llegaba del colegio, soltaba los libros y así hiciera sol o ventase salía corriendo para encontrarse con su amigo el bosque.

   Por aquel entonces  esa era una zona poco poblada, La granja más cercana estaba a casi doce kilómetros, así que los únicos niños que veía era por la mañana en el colegio, y aún así no se entendía mucho con ellos. Daven no fantaseaba con hacerse mayor para salir corriendo en pos de las ciudades y sus trajines, el soñaba con poder vivir a la intemperie, como los animales, alimentarse de las experiencias, bailar con el sol, beber agua de lluvia y bañarse en los lagos y ciénagas de su amado bosque.

   Pero uno de esos días en los que llegaba del colegio, en los que atropelladamente salía sin mucha cortesía en dirección al bosque, sucedió que una tormenta cercana quiso participar de su aventura y el agua que traía consigo arreció con tanta fuerza que Daven apenas podía distinguir el suelo por el que estaba caminando. Los árboles, siempre amigos, luchaban por que sus raíces no se desataran del suelo y porque sus ramas complaciesen al fuerte viento en su impositivo baile. Apenas podían ayudar al pequeño, pues tan furiosa era la tormenta. Daven quiso regresar a casa, pero irremediablemente se perdió, y como nunca le había sucedido cosa así, el miedo le invadió, no pudo controlar la sensación de estar alejándose de todo, de los abrazos de su madre, del calor de su cama, de las historias increíbles que por las noches le contaba su padre,... todo, ahora, parecía muy lejos, imposible de alcanzar.

   Después de varias horas deambulando, empapado en frio y agotado, cuando estaba a punto de derrumbarse, sucedió algo extraordinario. apoyado como estaba en una roca que no le ofrecía apenas cobijo, observo atónito como frente a él, del suelo, y con presta rapidez, un brote robusto y zigzagueante comenzaba a precipitarse en una veloz carrera hacia el cielo. Ese brote, en cuestión de segundos, se convirtió en un pequeño árbol y el pequeño árbol pronto fue un centenario fresno de tortuoso ramaje, y áspero y nudoso tronco. Y tan extraño era eso, como que aparentemente a ese nuevo árbol que se había formado ante él, no le afectaba en absoluto la tormenta, sus ramas estaban plácidas, prácticamente quietas, diríase que hasta un color dorado le cubría, como si hasta él, de algún modo alcanzasen a llegar los rayos del sol.  Daven lo miraba asombrado, boquiabierto "¿Quién era él?" se preguntó, y al hacer esta pregunta en su mente, el tronco del gran árbol se agrietó, dejando a la vista una gran boca, un surco oscuro y profundo del que emanó una voz grave a la vez que amable:

-Hola amigo Daven. Yo soy Yggdrassil y he venido a ayudarte, pues los árboles más sabios de este bosque así me lo han pedido. Es tanto lo que haces por ellos que de otros planos he venido y me he materializado en tu mundo. Vamos ven, ¿a qué esperas?, pasa y ponte cómodo.

   A Daven de pronto, le pareció de lo más normal que un árbol le hablase. "Bueno, yo hablo con ellos siempre en mi cabeza, ¿por qué debería de asombrarme poder oírles fuera de ella?". Corrió escapando de la furia de la tormenta a su interior, donde un lecho mullido y caliente de hojarasca le estaba esperando.

-Yggdrassil, tengo que decirte que sé quién eres. Mi padre me ha hablado mucho de ti. Sé que para nuestro pueblo eres el Árbol Cósmico, sé que tus ramas sostienen el Cielo y que tus raíces alcanzan los mundos subterráneos. Mi padre dice que eres el símbolo de la inmortalidad y que los Druidas pueden hablar contigo y tú les inspiras sus mejores pócimas y remedios. Cuando le cuente esto se alegrará mucho. ¡Yo, un simple niño, hablando con el gran Yggdrassil!.

-Bueno pequeño. Tú eres mucho más que un niño. En ti se encierran las respuestas del mundo nuevo, el que está por venir. Por eso estoy aquí, para protegerte. No podemos perderte Daven. Has logrado conectar de forma muy sencilla con los bosques, con los seres de los árboles, tu papel en el mundo será ejemplar. Y eso no quiere decir que vaya a ser fácil, muchas veces podrás sentirte solo y confuso, pero en fin, no quiero comprometerte al dolor, porque hasta de eso tu podrás escapar. Tienes en tu corazón la fuerza de mil robles, la valentía de los mejores abedules y la suavidad de una rosa. Ahora duerme pequeño, únete al mundo de los sueños, de ahora en adelante siempre nos uniremos desde ahí... descansa...

   Y Daven... si... durmió.

   Con los primeros rayos de luz se despertó agitado por una manos.

-¡Daven, hijo, despierta! por favor despierta.

-Pero... Papá ¿Qué pasa?

   Daven se despertó confuso, ya no estaba dentro del árbol, había desaparecido. Estaba sobre un lecho de hojas a la orilla de la roca desde la que observó el día anterior al gran Yggdrassil, pero del majestuoso árbol... no había rastro.

-Papa... anoche... pasó algo...- No sabía cómo contárselo, por dónde empezar. De pronto entendió, se hizo un silencio. No contaría nada, no era el momento, quizás algún día...

   Los años pasaron, como para todo el mundo, y Daven se hizo mayor. A diferencia de sus compañeros de estudios y amigos, él no se fue a la ciudad, vivió en el pueblo cercano, trabajó toda su vida en el bosque, recolectando hierbas, plantando árboles. Luchó, cuando llegó el momento, por la conservación de medio ambiente, por la preservación del planeta y si... lloró. Lloró cuando vio como sus hermanos humanos maltrataban los ríos, los bosques, los animales,... pero siempre en sus sueños se encontraba con Yggdrassil, siempre que lo necesitaba el gran Fresno Cósmico le iluminaba el camino, el único válido, el camino del corazón. Daven aprendió a amar hasta a los supuestos enemigos, esa fue su pócima mágica. Todo el mundo se sentía mejor en la compañía de ese silencioso pero amable hombre. Siempre tenía un sonrisa de vuelta, una sonrisa con la sinceridad de quien ha dejado de esperar y sólo se esmera en contribuir y crear el mundo del que un día Yggdrassil le habló. Ese mundo existía y él era una muestra evidente.

    Acompañó a sus padres hasta su último aliento de vida, con paciencia y cariño les acompaño serenamente en este proceso. Cuando le llegó el último hálito a su padre, este le habló:

-Daven, sé que el día que te encontramos en el bosque, cuando eras un niño... sé que te pasó algo. No me lo contaste porque pensaste que no te hubiera creído ¿verdad?, y así hubiera sido- sonrió-, Pero fuera lo que fuese eso cambió algo dentro de ti, nosotros los supimos, lamento que no hayamos hablado de esto antes. Quiero que sepas que siempre hemos creído en ti. Todos estos años... tanto trabajo y esfuerzo... has invertido mucho más que la mayoría ¿sabes?, gracias a ti tantos bosques siguen vivos, tantos animales pueden seguir protegiéndose en ellos. El planeta está en deuda contigo hijo... eres un gran hombre...

   Los ojos de Daven se emocionaban, eran los últimos momentos.

-Yggdrasiil papá, fue Yggdrasil... sé que es una locura, pero estuvo allí conmigo, protegió mi vida, y yo adquirí esta hermosa deuda, porque cuando más la saldo más vivo me siento y mas amo la vida, ¿curioso verdad?. Cuanto tenemos aún que aprender de ellos papá...

   El padre de Daven sonrió satisfecho. Juntos observaron por la ventana el atardecer, los árboles al fondo entonados por el viento y el silbido hermoso que esto produce, el sol perdiendo altura y las aves cruzando el cielo como salvajes emisarias del tiempo.

-¡MIra papá! ¿lo ves?

-¡Oh... si, lo veo, lo veo!

   A lo lejos, en mitad del bosque de pronto se alzó la copa de un árbol más alta que el resto. Una copa espesa que parecía recubierta por un halo dorado. Se agito durante unos minutos en los que ambos lo observaron deleitados, en silencio. Y de pronto, como absorbida por el viento despareció.

    Daven miró a su padre. Aunque ya antes de bajar sus ojos intuía el encuentro. Su padre yacía con rostro sereno, sonriente, su ser había abandonado su cuerpo. Sin duda Yggdrassil había venido a su encuentro para llevarlo a su cielo. Daven sonrió, dulcemente la paz inundo la habitación.

 

Texto creado, registrado y editado por: @Noelia Velasco

TRECE LUNAS

 

     Hace muchos, muchos años, antes incluso de que el hombre supiese que la tierra era un globo que giraba sobre si mismo, en un país remoto de un extinto continente, existió una niña que nació triste. Con el primer espasmo comenzó a llorar y la carita se le quedó envuelta en pena. Nadie sabía cómo curarle ese mal. Los sabios del lugar escucharon a sus padres y llegaron a la conclusión de que justo antes de nacer, un espíritu oscuro se le había quedado pegado al alma y no podían arrancárselo. Durante años estudiaron como separarlo de ella, pero ni los sabios más poderosos de la aldea daban con la respuesta. Mientras tanto, ella andaba cabizbaja y pesarosa por las calles. Sus padres sabían que jamás podrían casarla, esa sería su ruina y no dudaban en hacérselo saber, cobijados en la impotencia terminaron por concederle solamente  humillaciones y gestos carentes de cualquier indicio de cariño.

     Por las noches la niña permanecía despierta mirando las estrellas, pues de tantos males que tenía le era imposible conciliar el sueño. Una noche observando el cielo, creyó ver como la estrella que con más fuerza alumbraba le sonreía, nadie tenía ya con ella un gesto de compasión, todos la habían abandonado a su suerte. Y aunque pudiera ser una locura resolvió hablar con ella.

-Hola hermosa Estrella. Tu que estás ahí en lo alto del cielo y lo puedes ver todo,  ¿sabes a caso cual es el remedio a mis males?.

-Hola  pequeña, he pasado mucho tiempo esperando a que decidieras  hablar conmigo, asi que...¡hoy es una gran noche!. Pero dime... ¿qué es exactamente lo que te preocupa?.

-Tengo un espíritu pegado a mi alma desde que nací y no puedo ser feliz mientras no me abandone.

-Dejame que consulte con mis hermanas y mañana trataré de darte una respuesta.

-¡Gracias!- respondió feliz al sentir  que alguien tan brillante le diera importancia.

     La Estrella consultó con las hermanas de su constelación durante toda la noche. Unieron su fuerza estelar y encontraron la respuesta. Un día después, cuando el Sol, cansado se acostó, le mostraron a la infeliz niña el camino que debía seguir...

 

-Verás pequeña, para que pueda  ayudarte tendrás que hacer lo siguiente: Cuando yo vuelva a aparecer en el cielo te acostarás en tu cama como de costumbre, pero en vez de permanecer mirando el cielo, cerrarás los ojos y te harás pasar por dormida. De ese modo engañarás al espíritu que llevas contigo, él se relajará también y se quedará dormido. Cuando hayas calculado que ha transcurrido la mitad de la noche tendrás que ser ligera y silenciosa, te levantarás y saldrás huyendo siguiendo la estrella fugaz  que brillará en el cielo. En tu camino, irás dejando atrás nuestras trece lunas. Las doce primeras te revelarán cada una, una palabra hasta completar la frase que el Sol confío a la Treceava Luna cuando le declaró su amor, pero sólo podrás oírlas si tienes el corazón abierto y confiado. Cuando creas tener la frase completa comunícasela a la treceava Luna, si es la correcta, te susurrará la respuesta que necesitas para poner fin a tus desdichas.

     El día siguiente transcurrio sin que nadie se diera cuenta del bullicio de emociones que cobijaba en su interior. Presentía que algo grande se aproximaba,  muy pronto tendría que despedirse de aquella que había sido, con todo lo que implicaba y dar la bienvenida a una transformación. Docenas de

Mariposas revolotearon todo el día a su alrededor festejando la cercanía del cambio.

      Llegada la noche se entregó a la aventura y caminó sin descanso durante horas con su vista fija en la preciosa Luna número trece que jugaba traviesa a confundirse con el horizonte. La luz que irradiaba le permitía avanzar sin peligro de tropiezos ni de perdida, incluso sentía que esa noche brillaba más que nunca. Sus pies, decididos, se alejaban del miedo y eso hacia que se volvieran más ligeros.

     Enseguida alcanzó la primera Luna. Emocionada permaneció atenta. Su corazón se abrió por primera vez como la flor que está dispuesta a recibir las tempranas gotas de lluvia y una ola de serenidad se propago por todo su cuerpo. Como guiada por una dulce ráfaga de viento la primera palabra penetró en su corazón y le susurro: TE.

     Continuo camino confiando en haberlo hecho bien y alcanzó la segunda Luna que del mismo modo le hizo llegar su palabra: AMARÉ.

     La tercera Luna le susurro: AQUÍ.

     La cuarta: Y.

     La quinta: AHORA.

     La sexta: Y.

     La séptima: EN.

     La octava: EL.

     La novena: REINO.

     La décima: DE.

     La onceava: LOS.

     Y la doceava: CIELOS.

      

     Dichosa por haber logrado abrir su corazón de par en par y sentir por primera vez la fuerza del amor, aligeró su paso para llegar cuanto antes hasta la treceava Luna, que esperaba muy feliz su presencia.

 

-Hola  Luna Brillosa. La estrella más grande del cielo me dijo que tu tendrías la respuesta a mis males, a cambio he completado la frase que tu enamorado el Sol te declaró para jurar vuestro amor. Es la siguiente: “TE AMARÉ AQUÍ Y AHORA Y EN EL REINO DE LOS CIELOS”.¿Puedes ayudarme por favor?.

-Claro que si pequeña, pues esa es la respuesta. Mi misión es la de iluminar a las almas perdidas que no encuentran el camino hacia su corazón. Vienes de un lugar en el que juzgan las diferencias duramente, tu misma has aprendido bien a hacerlo, pues llevas juzgándote toda tu corta vida. Tu llanto se prolongó más de lo esperado en tu nacimiento y todos se asustaron cuando esa carita no cambiaba su gesto. El espíritu que lo provocó hace ya mucho que te abandonó, pero en tu pueblo, fiándose de la mala suerte, tomaron por costumbre el tratarte mal o ignorarte en el mejor de los casos. Y tu, te entregaste a ese destino. Mucho tienes que aprender, pues el amor es cosa de valientes y en ningún caso compara, ni juzga, ni castiga, sólo acepta y comparte... Hoy has comenzado un nuevo camino, pues por primera vez has hablado con tu alma, has acariciado tu verdader ser y eso sin duda tiene recompensa.  Es necesario que ahora continúes camino en dirección a mi amado Sol, él te mostrará un pequeño pueblo donde sus gentes, que saben de los dones de la Madre Tierra, te acogerán y te cuidarán. Si lo haces bien, y llenas tu corazón de generosidad y sabiduría, sin dejar ningún hueco vacío en él, ningún espíritu podrá volver a ocuparlo. Ese será el remedio a tus males.

    Y tal cual fue programado sucedió. A la niña la acogieron en la nueva aldea y cuidaron de sus heridas, las externas, y las internas, que siempre son más costosas de sanar. Aprendió a aceptar su pasado y a olvidarlo, abrazó sus miedos y sus defectos hasta transformarlos y cuando estuvo preparada, el Chamán de la Aldea, en la Celebración de Aceptación le hizo entrega de su nuevo nombre. Desde entonces, todos la conocerían por: Semilla de Estrellas. Cuando ella por fin comprendió que era un ser lleno de bondades que regalar, pudo abrir su corazón a todas las alegrías que el Universo tenía reservado para ella. Con los años, encontró un buen marido y fue para sus hijos todo lo buena madre que nunca fueron sus padres con ella.

     Nunca más volvió a hablar con la Treceava Luna hasta que fue una anciana, y llegado el momento, esta le contó una pequeña moraleja que hizo que terminara de entender muchas cosas. De este modo se las transmitió a sus hijos y a sus nietos. Y continuó transmitiéndose generación tras generación:

 

     Moraleja: “ No siempre quien mas cerca está de ti es quien mas te ayuda. No todos los que creen saber poseen la verdad. Y siempre hay alguien, que aunque este lejos, casi tanto como la luna, te puede ayudar a encontrar el camino que va directo a tu corazón. No se trata de amar más... sino mejor.”

 

 

                             Texto original de:  © Noelia Velasco

La Bendición

   Hace muchos, muchísimos años, en un bosque encantado de los tantos que habitan las lejanas dimensiones, vivió una pequeña Ninfa de las Plantas. Aiyeli era alegre y vital como sus hermanas. Danzaba desde el amanecer hasta la anochecida. Se acercaba en sus juegos hasta los límites del bosque curiosa por lograr observar uno de esos Seres Humanos de los que tanto hablaban los ancianos del lugar. Y aunque los miembros de su gran familia le advertían constantemente de los peligros de sus distracciones, ella no lograba vencer su curioseo.

   En una de esas mañanas en las que se perdía en la frontera de los majestuosos árboles, sorprendió a uno de esos gigantes acercándose y su susto fue tal, que trató de recular precipitadamente. Una de sus alas se resquebrajó haciendo que se precipitase contra el suelo y Aiyeli permaneció dormida sobre las hojas durante horas. Ya bien entrada la noche un grupo de hadas la recogió y la llevó de vuelta al hogar. Los sabios chamanes y curanderos de la región trataron de reparar su pequeña ala rota, pero nadie fue capaz y a medida que pasaban los días, Aiyeli, se hundía más y más en una insuperable tristeza. Sus hermanas trataban de animarla, los Nogmos le explicaban que al fin y al cabo volar no es imprescindible, los Elfos le enseñaban el arte de la transparencia y la telepatía, pero nada lograba que Aiyeli saliese de su pena. Y así fueron pasando los días, los meses y también los años, y esta pequeña Ninfa fue encerrándose en su oscuro mundo de pesar y melancolía. A medida que la desdicha iba haciendo su trabajo, su cuerpecillo se fue envolviendo de capas y capas cada vez más densas y grises, hasta que con el pasar del tiempo Aiyeli dejó de ser una Ninfa y pasó a convertirse en una roca más que poblaba el bosque, gris y opaca como las nubes que preceden a una gran tormenta.

   Los años transcurrieron, los humanos invadieron los lugares sagrados de los seres etéricos, los bosques ocultaron la magia y encriptaron la sabiduría y una espesa "normalidad" acaparó los rincones del planeta. Hasta que pequeños grupos de humanos se dedicaron a lanzar su vista atrás y honrar la sabiduría de pequeñas tribus que aún bendecían el Cielo y la Tierra. Poco a poco estos hombres y mujeres despiertos volvieron a respetar y santificar los montes, los mares, los cielos, los ríos, los bosques. Reanudaron su relación con la Naturaleza, escuchando el lenguaje universal que la desidia había ocultado entre confusión y miedo durante tanto tiempo.

   Así, un día especial, un grupo de mujeres se reunió en los lindes del bosque que otrora ocultaba hadas, ninfas, duendes, elfos y multitud más de seres etéreos. Se adentraron entusiasmadas por la misión que llevaban consigo, una hermosa ceremonia para bendecir el don de ser mujer, su útero. Saludaron a los árboles al adentrarse en la espesura, solicitaron el permiso de los elementales del lugar y pasearon gozosas entre la hermosa vegetación del lugar, cantando unas veces, riendo otras. Hasta que se detuvieron frente a una roca.

-Mirad... esta roca es espléndida y robusta. La luz aquí parece especial. Quizás podríamos celebrar aquí mismo la ceremonia.-Dijo una.

-¡Si! el sitio es encantador y la roca perfecta. Miradla bien, casi parece tener forma humana.- dijo otra.

   Enseguida se pusieron todas de acuerdo y dispusieron todos los enseres necesarios en forma de círculo, dejando la roca en el medio. Luego, todas ellas se fueron sentando alrededor, se dieron las manos y dio comienzo el rito. Meditaron evocando a las ancestras y a la Luna Llena, compartieron experiencias, recuerdos y sueños. Sanaron viejas heridas. Invocaron a sus animales de poder y al final, cuando ya la Luna las contemplaba desde el cielo, se despojaron de sus ropas y bailaron, libres de vergüenzas y miedos.

   Envueltas en la poderosa energía que emanaba de sus cuerpos, contemplaron sin interrumpir su baile como la roca iba adoptando diferentes tonos, un remolino de aire parecía envolverla, por momentos diminutos chispazos despegaban de su superficie. Y ellas, bailaban y bailaban sin que el menor atisbo de cansancio asomara en sus figuras. La roca crujió, como si un grito sordo saliese de sus adentros y hechizada por la intensidad de la danza comenzó a despojarse una a una de todas las capas que habían cubierto durante siglos a la pequeña Ninfa.

   Las mujeres entregadas a la danza desconocían si aquello era una visión o algo real, pero después de todo ¿qué diferencia hay entre lo uno y lo otro? ¿qué diagnostica si el mundo etéreo se manifiesta o no a través de nuestra capacidad de percibir y a esto lo llamamos visión?. Pero ellas, generosas de conocimiento y sensibilidad, no cuestionaban la magnitud de lo que estaban experimentando, el regalo de las ancestras llegaba a través de aquella experiencia, "¡Bendiciones!" gritaban unas, "Madre Tierra...." cantaban otras.

   La antigua roca cada vez se veía más pequeña, las capas, cual viejos y pesados ropajes, la iban abandonando. Hasta que llegó a medir no más de cinco centímetros, para descubrir  una pequeña ninfa hecha un ovillo. Aiyeli estaba abrazada a sus diminutas piernas, que muy despacio comenzó a desperezar, estiró sus miembros, su torso, su ala.... Una vez erguida, se giró, observó su única ala y la acarició con una aliviada sonrisa. Y en ese preciso momento en el que aceptó su condición con dicha, en el lugar en donde un día tuvo su perdida ala, comenzó a brotar como una pequeña flor que se entrega a los rayos del Sol otra nueva. Sorprendida, ufana y con mucha emoción despegó del suelo. Las mujeres que habían llegado a detenerse para observar el acontecimiento, también se emocionaron abrazándose unas a otras. Y de la profundidad del bosque decenas de puntos luminosos comenzaron a acercarse, pequeñas Ninfas alegres y satisfechas por el logro de su hermana. La danza se reanudó y todas, humanas y etéreas, festejaron y bailaron al mismo ritmo, el ritmo del corazón.

   Aquella mujeres contarían a sus hijas y a sus nietas lo que vivieron aquel mágico día, para que el mensaje se propagase a la humanidad. Seas quien seas, vengas de donde vengas, cuando el dolor se imponga, la catástrofe te invada, toma ese dolor y dale la cara, abrázalo aunque esté envuelto por mil espinas, pues cuanto antes lo hagas, antes tu dolor será transformado en tu bendición.

 

©  Noelia Velasco de SiempreVerde.

ENCUENTRO

   Amanecía el invierno esa mañana con más fuerza que nunca. Pero ella no le hacía ascos al alba, esas primeras luces hablaban de la enigmática oportunidad que es estar viva, de ser joven y fuerte, de tener ahí mismo, a tu vera, esa familia utópica con la que todos sueñan... amor, juegos vespertinos, miradas cómplices, caricias revoltosas, besos saciantes.

   Muy resuelta se sacudió el frío, y salió en busca de comida, algo tendrían que comer esos jovenzuelos, cada día eran más grandes, más astutos. Esos hijos suyos parecían exploradores, no aguantarían mucho tiempo en el hogar, sin lanzarse a comerse el mundo. Y ella, aún tenía que enseñarles muchas cosas, la tierra voraz bien capaz es de devorar a todo aquel que en osadía se mueva.

   El caso, es que confió sus movimientos al viento, esa mañana.... atravesaría el bosque de plata. Más allá del monte de los cuervos, había un lugar donde el alimento era fresco, fácil y dadivoso.

   Pero por un momento, cuando se dedicaba a contemplar la belleza de los rayos del sol bailando entre las hojas, despistó su eficaz instinto. La luz golpeó su rostro y eso la volvió vulnerable por unos segundos, los suficientes para que una bala silbara al ras de su costado. Giró su cuerpo en milésimas de segundo y se refugió detrás de una roca que franqueaba el bosque. Su aliento vulneraba la velocidad de contracción de sus pulmones. Allí, al otro lado, acechaba uno de esos monstruos... un hombre. No tenía escapatoria, por cualquiera de los flancos por los que echase a correr se apoderaba la nada, los árboles aún estaban muy lejos, y estos ejemplares de animales bípedos y destructores, eran famosos por la eficacia que tenían con esos largos palos con los que disparaban. Ella, ya no temía por su vida, ansiaba correr hasta la madriguera para poner a salvo a sus lobatos, o de lo contrario seguirían sus pasos en sentido contrario y los capturarían. Asomó ligeramente sus ojos, al otro lado, apostado entre el ramaje un ejemplar joven de humano, nervioso, podía olerlo. En un instante la mirada de ambos se cruzó, unos segundos que jugaron a detener el tiempo, la tensión era tan intensa que casi podía verse, como si una neblina cruzase el campo, de un cuerpo al otro. Ella, la loba más audaz de su manada, él, el joven más temeroso de la suya.

   El chico, casi arrastrado por la sensación embriagadora del propio miedo y la euforia, envuelto en el magnetismo del hermoso animal que intuía en la distancia, hizo algo muy poco propio de su especie, soltó el rifle, lo alejó de su cuerpo y fascinado por el instante que le estaba envolviendo, entregó su alma al momento, a sus ojos, que permanecían en contacto con la orgullosa loba que no reusaba tampoco el contacto visual. Habían establecido un vínculo, un lazo que fortalece las especies, una tregua eterna, él, aún obviaba que después de ese momento, nunca podría volver a empuñar un arma, no volvería a matar ningún animal. La loba, que por ser especie en la que rige el instinto, supo esto, distinguió con exactitud el instante en el que el chico había dejado de ser una amenaza. Salió exuberante de su escondite, firme, hocico en alto, sin perder la mirada que continuaba fija en los ojos de este. Avanzó unos metros, despacio, como en una hermosa pieza de baile, cuando dos amantes van a su encuentro. El joven irguió la mitad de su cuerpo, apoyándose sobre sus rodillas, no entendía que estaba sucediendo, no necesitaba saberlo, solo permanecía en la captura del momento presente, casi onírico. Ella continuó avanzando, hasta que sólo les separaron tres escasos metros. La loba alzó su cuello, aulló al cielo. Muy a lo lejos resonaron aullidos de regreso. Ella resopló moviendo su cabeza, haciendo para él ese gesto. Él joven se llevó la mano al pecho y la observó partir, perderse en la espesura del bosque. Permaneció allí, sentado, tratando de asumir lo que había experimentado, lo profundamente que había calado ese encuentro en él. Su corazón latía fuerte, su alma había conectado con algo sublime, superior. Su vida, ahí, en ese lugar y en ese momento cambiaría para siempre.

   Las voces de su tío y su padre, le sacaron de su ensueño.

-¡Vamos! oye ¿qué ha pasado? ¿dónde te habías metido?

-Papa... la he visto.-tartamudeo-, es... es hermosa.

-¿Pero de qué hablas? ¿Te has vuelto chalado? Coge tu rifle vamos, aún no hemos conseguido ninguna pieza.

-No, no lo quiero. Dejadme, me voy a casa.

   Mientras dejaba atrás a sus acompañantes con cara de asombro, él, despacio, puso rumbo a casa, sólo, sabía en su fuero interno que por algún motivo, desde entonces, pasaría muchos momentos en esa soledad, en la compañía del bosque.

   Días después regreso, se sentó en el mismo lugar, allí estuvo durante horas, hasta que en la distancia pudo distinguir el pelaje de la hermosa loba, seguida de cinco cachorros que jugaban mientras avanzaban. Ella se detuvo, sus miradas volvieron a enredarse. Sacudió la cabeza resoplando, saludándole y siguió su camino.

   El joven, impresionado por la experiencia, dedicó su vida a salvaguardar la vida de los bosques, de todos y cada uno de los animales que los pueblan, en especial la de los lobos. Tanto era el tiempo que pasaba allí y la energía de bondad que desprendía, que pronto las manadas que por allí vivían se acostumbraron a su presencia, merodeaban a su alrededor los adultos, juntos miraban el horizonte, los jóvenes se deshacían en juegos con él, y la loba, siempre que se encontraban, caminaba a su lado, fiel y generosa.

   Gracias a su empeño y trabajo, las poblaciones de lobos, que estaban casi extintas, aumentaron en aquellas montañas. Nunca al gusto de todos, pues los ganaderos acusaban la desaparición de ganado de vez en cuando, pero al fin y al cabo eso es algo que lleva sucediendo siglos, si el hombre no invade las montañas, no acaba con el terreno y los recursos, los animales permanecen en su territorio. Antaño los lazo de convivencia por las especies eran respetados y todos crecían a gusto, haciendo sus concesiones. El joven se hizo mayor, enseñó a muchos todo esto que aprendió, y en aquel remoto país se extendió la leyenda de la Loba que caminaba junto al hombre guardándole de cualquier peligro.

 

©Noelia Velasco de SiempreVerde

CUANDO INDIO ERRANTE TRAJO EL OTOÑO

Lejos de aquí, allá en el tiempo de las leyendas, en ese tiempo vivió Indio Errante. Iba de acá para allá a su antojo, y cada vez que regresaba al poblado todo el mundo estaba ansioso por oír las noticias y los relatos que traía de otros lugares y otras gentes. Indio Errante les hablaba de ríos inmensos, repletos de peces, y de la selva virgen y de la pampa. Le cosían a preguntas y le escuchaban con gran atención.  Pero un día no quisieron creerle por mucho que se esforzara en explicarles lo que había oído. Fue el día en que les habló de unas tierras lejanas del norte en las que reinaba un clima extraño, allá las hojas de los árboles no siempre eran verdes, durante un cierto tiempo -decía- empezaban a amarillear, se convertían en rojizas y, más tarde, parecía que alguien hubiera derramado una inmensa jarra de miel por el paisaje. Entonces, no tardaba en llegar la nieve, o bien empezaba a llover y el agua caía y caía sin parar, hasta que de las yemas de los árboles  nacían pequeñas hojas, de un verde brillante.  Y es que en el poblado nunca habían visto hojas de color de otoño.
 
Cuando el Gran Señor del frío empezaba a fumar con su pipa de hielo, los árboles y matorrales todavía estaban verdes, y él fumaba y fumaba y el humo se iba alzando y el cielo se llenaba de nubarrones grises y tupidos.  Entonces, se oía el silbido de los vientos helados que llegaban y, de repente, el mal tiempo invadía aquel rincón del mundo. Las hojas verdes y tiernas, se desprendían y eran arrastradas lejos. La hierba quedaba escondida por la nieve. El río cubierto por el hielo. Los seres humanos se abrigaban bien, cubriéndose con pieles y no podían dejar de atizar el fuego para protegerse del frío del largo invierno.   Por eso les costaba tanto creer lo que explicaba su amigo trotamundos, cuando les hablaba de aquel fenómeno que la gente del Norte llamaba “otoño”. -"Jura por tu honor que nos traerás el otoño" –le pidieron. Y les prometió que lo haría.  Pasaron los meses e, incluso, años. Indio Errante viajó de acá para allá preguntando a todo el que se cruzaba en su camino cómo podía hacer para llevar el otoño a su poblado; pero nadie sabía responderle.  Su cabeza se cubrió de plata y sus pies le seguían a duras penas. Pero él nunca olvidó su promesa.

Un día, a finales de verano de vete a saber cuándo, llegó a un lugar desconocido, en el que no crecía ni una brizna de hierba ni tampoco se oían pájaros.  Unas cuantas piedras mal amontonadas indicaban el inicio de una estrecha senda. La siguió y, tras mucho caminar, llegó hasta una cueva. Sentado sobre una piedra vio un gigante cubierto de pieles. En sus manos vio una gran pipa de hielo. Cuando el gigante vio acercarse al vagabundo, gritó: - ¡Debería castigarte por haberte atrevido a llegar hasta aquí! ¡Yo soy el Gran Señor del Frío! Sé lo que buscas y sólo yo podré decirte lo que tienes que hacer. Pero primero piensa si te vale la pena: ¡mis consejos te costarán la vida!  Indio Errante respondió: - Me da igual. Me sentiría feliz si me ayudaras a cumplir la promesa que hice a mi pueblo.
 
El gigante se quedó como pensando un rato y, al final, dijo: - Ponte en camino tan pronto como puedas. Sigue en esa dirección, hacia el poblado; encontrarás una piedra muy grande, inclinada. Debajo de ella nace la fuente del otoño. Lo único que tienes que hacer es beber... Vete deprisa y no te entretengas, pues poco falta ya para que empiece a fumar la pipa de hielo.  Indio Errante le dio las gracias, se despidió del Señor del Frío y corrió tan rápido como sus piernas cansadas se lo permitieron.  No podía perder ni un momento. Grandes nubarrones empezaban a asomarse por el horizonte, y se oía ya el silbido del viento acercándose.  Por fin encontró la gran piedra. Reunió todas las fuerzas que le quedaban para poder moverla y debajo de ella descubrió un chorro de agua que manaba clara pero rojiza. Indio Errante no dudó ni un momento. Se arrodilló, acercó sus manos al agua y bebió. Bebió lentamente.  Luego, se puso en pié y se quedó allí, clavado en el suelo sin poder dar un solo paso. Sus pies quedaron algo hundidos en la tierra, como si fuesen raíces. Se miró las manos dándose cuenta de que se estaban convirtiendo en ramas, ramas con nudillos y retorcidas, y de las ramas salieron hojas.  Así, junto a la fuente, apareció un pequeño árbol de hojas rojizas, que brillaban como rubíes.  El viento había amainado. Sólo se oía el suave murmullo de una brisa ligera. Las nubes, antes amenazadores, paseaban ahora por el cielo como cigüeñas blancas en vuelo.

 Las gentes del poblado salieron extrañadas y, enseguida vieron al pequeño árbol de hojas rojizas. Y dijeron: - Indio Errante ha cumplido su promesa. Ha traído el otoño al poblado.
 
(Cuento de América del Sur, en: T.Duran; N.Ventura. Setzevoltes: recull de contes per narrar. Barcelona, Graó, 1985. 111p.)

EL ÁRBOL DE LOS DESEOS

   En la mitología india, aparece el “Árbol que Concede los Deseos”, Kalpavriksha en sánscrito (Wish Fulfilling Tree en inglés), un árbol considerado sagrado entre los hindúes. Sobre este Árbol de los Deseos, se cuenta una parábola en los textos antiguos indios de la que se conocen diversas versiones:

 

 

 

Un sofocante día de verano, un viajero caminaba muy cansado a causa del calor. A un lado del camino vio un gran árbol y fue a sentarse junto al tronco para descansar y disfrutar de la sombra. En la fresca sombra del árbol se puso muy contento. Entonces se dijo a sí mismo:

De inmediato apareció una suave cama. Entonces pensó:
—Ni en mi casa te—¡Qué afortunado sería si también pudiera tener un vaso de agua fresca!
Al instante, apareció un jarro con agua. Después de tomar el agua, pensó:
—Ahora ya sacié mi sed, pero cuán feliz sería si aquí hubiera una buena cama, pues este suelo es muy duro y áspero.ngo una almohada ni una cama así. Si mi esposa estuviera aquí y viera esto, ¡qué feliz sería!.
Al momento, también apareció su esposa. Entonces el hombre pensó para sí:
—Estoy en un área remota y cerca de un bosque; podría venir un tigre y devorarme.
   En un segundo apareció un tigre y ¡se lo comió!

 

 

 

   Dice el gurú Sai Baba (India, 1926-2011) al respecto de esta parábola: “El árbol bajo el cual el hombre se había sentado era el Árbol que Cumple todos los Deseos. Este mundo en que vivimos es un mundo-árbol de los deseos. Estamos sentados bajo su sombra. Si tenemos deseos o pensamientos malos, nos sucederá el mal y, si pensamos bien, el bien nos llegará. Por lo tanto, cuando nuestros pensamientos, sentimientos y acciones son puros, el árbol de los deseos del mundo nos dará las cosas buenas que deseamos. Tanto el bien como el mal vienen solamente de nuestros corazones, nunca vienen del exterior. Es por eso que debemos mantener nuestros corazones tan puros como sea posible”.

 

 

 

   En la tradición popular española, contamos con el proverbio de enseñanza semejante “hay que tener cuidado con lo que se desea porque se puede cumplir”.

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: Los árboles invisibles blog

AMAR - QUERER

   Presumía con orgullo de su respeto a la naturaleza y sobre todo a las flores. En su casa no faltaban jarrones luciendo las formas y destellos que la vida ofertaba en cada ciclo.

   En otoño las pomposas dalias de burdeos eran su pasión.

   Ramos de tulipanes como pinceladas brillantes , aromáticos jazmines que evocaban sus sentimientos más bellos alegraban el invierno escaso de luz.
La primavera irrumpía en su salón con las rosas parlanchinas de roja pasión, de agradecimiento rosa o de blanca pura inocencia. Otras veces eran los coloridos narcisos sus favoritos.
   Y en los calores del estío las vistosas hortensias, las humildes margaritas oráculos del amor, las verbenas lilas hechiceras de protección y muchas especies más coronaban las estancias llenándolas de armonía y color.
   Aquella mañana de invierno siguió con la lectura de “El principito” de Antoine Saint-Exupéry,
El capítulo del principito y la rosa.
-”Te amo” – dijo el principito…
-”Yo también te quiero” – dijo la rosa.
-”No es lo mismo” – respondió él…
   Querer es tomar posesión de algo, de alguien. Es buscar en los demás eso que llena las expectativas personales de afecto, de compañía… y bla ,bla, bla….
   Amar es desear lo mejor para el otro, aún cuando tenga motivaciones muy distintas.
   Y desde estos dos sencillos sentimientos que tan inconscientemente confundimos todos, comprendió que su amor a las flores no era sino más que su amor a su ornato y su pompa, que sacrificaba la existencia de los brotes porque no sabía amar sus raíces.
   Y les devolvió la vida.
   Hoy sus estancias se adornan y deleitan los ojos con plantas que no mueren ,ancladas en la tierra, bendecidas con el agua, protegidas por el amor.

Microrrelato con ojo y flor
Martes 13 Diciembre 2016
AMAR - QUERER

Autora: © Adora Dori

    Un hombre que había construido su propia casa decidió dotarla de un jardín que se convirtió en su remanso de paz. En medio de él, plantó un roble que creció lentamente. Día tas día, sus raíces eran más profundas y su tronco se estiraba para atrapar más luz. Junto al muro, plantó una hiedra que rápidamente empezó a extender sus ramas ocupando toda la superficie de la pared de piedra.

    "¿Cómo estás amigo Roble?", le preguntó un día la hiedra. "Bien, amiga", le contestó el árbol. "Eso es lo que respondes porque no ves el mundo como yo, desde las alturas. A veces siento pena viéndote ahí hundido en el fondo del patio", comentó la hiedra con un indisimulado aire de superioridad. "No te burles de mi. Recuerda que lo importante no es crecer deprisa, sino con firmeza", respondió con humildad el roble.

    La hiedra soltó una carcajada y siguió creciendo deprisa, mientras el roble tardó años en desarrollarse. Pero una noche descargó una fuerte tormenta que arrasó el jardín. Al amanecer, la hiedra yacía en el suelo arrancada de la pared, en cambio, el roble aguantó casi intacto. Esto llevó al árbol a reflexionar: "Es mejor crecer fuerte sobre tus propias raíces que ganar altura rápidamente pero dependiendo de la seguridad de los demás".

 

Autor: desconocido

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EL ÁRBOL DE LOS ZAPATOS

OAK EL REY DE LOS ÁRBOLES

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MI ABUELO EL CEDRO

LLEGÓ EL OTOÑO

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