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Proyecto SiempreVerde silviterapia

DE CÓMO LLEGUÉ HASTA MI MISMA

PLANETA ENCANTADO -
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     Provengo de una familia muy ligada a las montañas y a la naturaleza. Mis padres nos introdujeron en el medio con naturalidad y muy lejos de los miedos. Es por eso que entre mis hermanos hay profesionales del alpinismo, montañismo, parapente, ciclismo, esquí, etc... Y yo, que sencillamente amo los árboles, la vegetación y los seres que en ellas habitan.

 

   Siendo bien pequeña tenía la sana costumbre de escaparme al bosque; casi siempre en soledad buscaba esos momentos especiales y pasaba horas construyendo cabañas, haciendo coronas de flores o sencillamente sentada junto a mi árbol preferido. Pasear mis manos por las rugosas cortezas, era una canción de cálida melodía. Siempre he sido algo solitaria, de algún modo, ya mi pequeño cuerpo me pedía hacer estas intrusiones boscosas en soledad.

 

   Mucho tengo que agradecerles a mis padres el haberme introducido en la naturaleza en estado salvaje desde bebé. Pasar meses enteros al aire libre, con la autonomía de moverme a mi a gusto, ha sido fundamental para sentirme hoy como me siento y, haber aprendido a amar este planeta como hoy lo hago.

 

   Soy "Activista Arbórea" desde mi infancia, la cual transcurrió siempre siendo cabecilla de movimientos que revolucionaban mi pequeño entorno de barrio. Con once años ya organizaba excursiones por el monte, guiaba a niños de todas las edades durante una excursión que podía durar un día entero. Puedo recordarme el día antes de la partida, observando el horizonte y las ondeantes montañas, tratando de sentir cuál visitaríamos la jornada siguiente. Entonces mi vista se detenía, un palpito... ¡hasta allí treparemos! y nada me detenía. Organizaba el grupo, los mapas, los horarios, los víveres sabiamente racionados, los improvisados refugios, las paradas y el descenso para el que siempre preparaba una bonita historia con la que amenizar y apaciguar el cansancio. Mi brújula interior funcionaba a la perfección en aquellos años, la vida aún no me había enseñado a desconfiar de mi misma y mis aptitudes; con los años, las experiencias me harían perder parte de este encanto salvaje y autóctono a mi cuerpo. Poco a poco he tenido que reconquistarme, reconocerme... remembrar a mi Ser.

 

  En esos lejanos años, durante mucho tiempo, organicé a todos los chicos de mi calle, para que un domingo al mes lo dedicáramos con guantes y bolsa en mano a limpiar los jardines y suelos de nuestro barrio. Esos quehaceres, sin duda, levantaban más aprobación en los adultos que cuando me llevaba a sus hijos al monte de paseo, pues aún reconociendo en mi una niña responsable, no podían evitar temer por estas iniciativas tan "locas" que tenía. Protegimos y defendimos con fiereza los bosques que amabamos y en los que pasabamos buena parte de nuestro tiempo libre, y aunque de poco nos sirvió alzar la voz, hoy me siento orgullosa de no haber permanecido impasible, de haber honrado el activismo arbóreo que hoy sigo defendiendo. Puede que las gruas asolarán aquellas arboledas dejando tras su paso secos tocones, pero en mi memoria siguen sus ramas melodiando con el viento.

   Los años pasaron y la infancia quedó aparcada en la distancia. Permanecí siempre unida por una especie de sinuoso cordón umbilical a los árboles, pero de un modo más durmiente, más latente, esperando a ser despertado. De pronto un día la vida me plantó por necesidad a diario de nuevo en los bosques y fui despertando, madurando la brújula que nunca llegué a perder, sin buscarlo... recordé. El Camino de Santiago en su recorrido por montes, bosques y pastos, me reconectó con mis pies, allá en mi tercer camino de los nueve recorridos, comencé a practicar formas de "caminar consciente" logrando que cada kilometro andado se reviertiera en mi interior, y un día tras otro afianzar la experiencia sanando partes de mí, profundas e insatisfechas.

 

   Hoy me vuelvo a mover por estos lares casi con la misma soltura; estudio el medio y me impregno de él; lo hago desde el silencio, casi siempre en soledad, a veces me dejo guiar por mi olfato y me entrego al compartir, entonces organizo una excursión, un paseo amable por el bosque que hoy ha desembocado en las Sendas Guiadas, donde una exploración interna de cada uno se da, pues con cada paso exterior se busca un avance interiorizado, donde las sensaciones y la percepción sensorial toman las riendas y nos ayudan a encontrar ese momento de paz y de compartir tan necesario. Hablo de los bosques como quien habla de su gran amor. Hablo de mi experiencia compartida con ellos, un sendero que nunca termina y que pongo al servicio del crecimiento mutuo. No soy experta en nada, ni espero serlo, planeo ser una eterna aprendiz y permitirme seguir sorprendiendome por cada nuevo hallazgo. Trato humildemente de  promover ese despertar y vivir en los demás. Estoy lejos de los rituales pomposos y del esoterismo, de los aires místicos que esconden la vacuidad, no lo siento necesario. Estoy cerca de entrar en el entorno natural en estado de conciencia y honestidad, lo auténtico es lo verdaderamemte efectivo. Los bosques no necesitan homenajes, necesitan comprensión y respeto, así lo siento y en ese estado me muevo.

   Una parte importante de mi trabajo de concienciación activa es para con los árboles de ciudad, los "grandes abandonados". Están hondamente necesitados de cuidados y de un mantenimiento más sostenible y más adecuado para con cada especie; lejos de las talas grotescas y del descuido al que viven sometidos. Pero también están sedientos de amor, el sencillo acto de reconocerlos como seres vivos a nuestro paso, es capaz de lograr grandes repercusiones positivas en sus flujos vitales. Una mirada honesta y amable es una eficaz herramienta de sanación, ante la que cualquier especie, vegetal o animal, no se muestra indeferente. Nuestros árboles no son mobiliario de ciudad, ellos son la VIDA.

   Ser activista arbóreo es como dice su enunciado, mantenerse activo en pro de los árboles, y en definitiva de la naturaleza y por repercusión de toda foma de vida. Es abandonar nuestros pasivos teclados de ordenador y limpiar bosques y jardines, liberar árboles de sus axfisiantes enrdaderas, tallarse el mensaje circunscrito en el corazón y llevarlo allá donde respires. Es rescatar un joven roble de pisadas ciegas, podar la rama quebrada de un vetusto olmo, apelar por el vallado de especies singulares que cargan con la memoria de todos los tiempos. Es plantar, es regar, es mimar. Es recordarle a un niño lo hermoso que es ver crecer una planta. Es crear el puente para la recuperación del respeto a este planeta que nos cobija, que nos amamanta, que aún y con todo... nos proteje.

 

   En este bello camino se une a mi quijotesco proyecto mi compañero de aventuras de vida, Marcos Riesgo, aportando su sabiduría en la montaña, su ilusión y su certeza de que la buena voluntad es el mejor de los pasaportes. Experimentar juntos este viaje es la prueba feaciente de que la unión hace la fuerza y el amor abre el camino. Nuestro silencio en el bosque es el lenguaje de la vida que juntos creamos.

 

   En estos días, este hermoso planeta está avanzado por un cambio singular, trascendente diría yo. Lo que avanza a toda velocidad nos habla de abandonar lo viejo, no de dejar atrás el conocimiento ancestral y heredado, más bien las muletas que ya no sirven de apoyo, como los rituales y las supersticiones. Estamos siendo invitados a permanecer en estado de apertura interna al nuevo conocimiento que está entrando con fuerza y decisión. La Naturaleza como Ser que se compone de infinidad de seres tomará un papel principal, y puedo ver que lo hará de un modo novedoso para nosotros. Hay que estar atentos, abiertos y prudentes, entregados a la Tierra con sabiduría y respeto. Esto no es una competición amigos, es el compartir.

Escrito en la tarde del 15 de Octubre del año 2015

©Noelia Velasco