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El beso del rey Roble y de la Reina Haya

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Iba caminando por el bosque, cuando me detuvo la visión hermosa de un Roble y un Haya en postura familiar, rozando sus cuerpos, en actitud de beso me pareció. No es usual esta imagen, por eso resolví admirarlos por un rato e incluso inmortalizar tal pose en mi vieja cámara. Esta alegoría de la realeza, entendida como poder benevolente, honesto, se traduce en la protección del Roble, instruyendo en perseverancia y lealtad, y en la maternalidad del Haya, recogiéndonos en su regazo y amamantando con sabiduría y generosidad nuestro espíritu.

 

En el calendario celta, el Roble está situado en la cima del ciclo anual, nombrada Beltaine o San Juan, lo que nos indica, que cuando llegamos a lo alto de la montaña se acaba nuestro camino y llega la propuesta del descenso como única opción. Avanzamos, así, en conocimiento al ascender, el cual debemos trascender en el descenso a la profundidad de nosotros mismos, esa es la propuesta del Roble, activar nuestra potencialidad desde lo más recóndito de nuestro interior, sin dejar resquicio a dudas, temores o pautas dañinas. En diferentes lenguas indoeuropeas, se usa el mismo vocablo para designar "roble" y "puerta", pero, ¿qué mundo se abre tras esta puerta? y ¿cómo abrirla? desde luego, el silencio y la mutabilidad es la mejor llave tras la que podremos intentar esta introspección en cascada, como el mismo descenso invita.

 

Un robledal es un bosque rico, poblado por multitud de plantas y arbustos, de animales que gozan de esta riqueza y se nutren de ella. La vida habita en él dotándola de magia, tal y como los antiguos moradores de Gea la vivían. Este es el regalo que nos ofrece el esfuerzo inicial de comenzar la caminata consciente, que luego, si bien se volverá fluida con el transcurrir de encuentros, nos obsequiará con los dones de quien permanece atento, fiel al sendero.

 

Para cuando lleguemos abajo, tras el serpenteante sendero al abismo de nuestro Ser, exhaustos pero plenos, nos habremos de encontrar con la calidez del Haya, que nos recoge en sus brazos y nos mece como una reina madre, capaz de dar asilo y amor a todos los hijos del Reino del Bosque.

 

 El Haya, con su atracción inequívoca por la humedad, por el agua, simboliza la fertilidad, el lugar honroso donde plantaremos aquellas conquistas que atesoramos en nuestro descenso desde la cúspide del gran Roble. Las fuentes, los acuíferos, los ríos, las nubes, manan con afluencia en el reino del Haya, tan apropiado para terminar de sanar las emociones estancas que el duro camino haya podido acarrearnos. El sombrío hayedo cuida y mantiene limpias y sanas las aguas que en el habitan, así como nuestros sentimientos. El Haya es la abundancia, es la calidez y comodidad que nos sugieren su suelo acolchado, sus caminos limpios, permitiendo que nuestra perceptual visión se extienda casi hasta sus confines; nuestra mirada interior, así, avanza con gusto y sin tropiezos, con la amabilidad de quien ha recorrido con anterioridad los altiplanos del alma atormentada, desengranando el heno de la paja, para vivir en la sencillez del espíritu. Pero cuidado, si obviamos las señales, si nos volvemos negligentes, el Haya se envuelve en su mundo misterioso de neblina, invocando acertijos que bien pueden hacer que nos perdamos, si es que nuestra alma no está limpia de impurezas, si se aferra a la obstinación del mundo material tentador de riquezas superfluas y poder deshonroso.

 

El Haya pertenece al aire y en él se expresa, sintonizando nuestras emociones y armonizándolas en caso de estar receptivos a ello. El Roble pertenece a la tierra ofreciendo la seguridad de quien decide caminar para el cielo con los pies seguros en el suelo, enraizados, con la firmeza de quien obra en la honestidad íntima de Ser Humano. Son los monarcas del bosque y nosotros, súbditos, bajo la bóveda privilegiada que nos ofrece su basto ramaje.

 

©Noelia V.