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Caminar en el monte, en el bosque, implica aceptar su verdadera naturaleza. Me doy cuenta del velo “naif” o edulcorado con el que somos tentados a enmascarar un medio tan bello como brutal, tan sutil como duro. Y de esto aprendí mucho en el Camino de Santiago y más tarde en mi salidas diarias al Bosque; no hablo de paseos por un parque, hablo de zambullirme en el barro, de abrirme paso entre las zarzas, ¿Sería el barro acaso, todo el lodo que recogía mi cuerpo a modo de bochorno y por eso al principio me turbaba? ¿Serían las zarzas los obstáculos que me ponía a mi misma y por ende me rasgaba tan duramente la piel?

 

Si alguien se piensa, que el bosque sólo va a ofrecernos momentos dulces, atardeceres cálidos, paseos amables, entonces, es mejor quedarse en casa. Por que la Naturaleza es mucho más que eso, y subestimar sus posibilidades es caminar con una venda muy peligrosa sobre nuestros ojos.

Cuando ves por primera vez el festín de un insecto devorando a otro que se retuerce vivo en los estertores de la muerte, mientras su depredador lo mastica y lo engulle sin prisa, sin inmutarse; entiendes que el mundo es complejo y que sólo el nuestro está bañado por valores humanos, cuando otros viven ligeros de apegos y etiquetas, ajenos a nuestros códigos de conducta y nuestral moral apuntalada en los siglos de evolución social. La fecundidad en la Naturaleza es apabullante y expresiva, es tan descuidada como generosa, en nuestro mundo, sin embargo, horroriza y es causante de rubor. No podemos entender lo que no sentimos, y por ello es necesario ir al bosque sin juzgar, sin imponer nuestro mundo, sin elaborarnos de ante mano posibles