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Cuando paseas por el bosque despacito, y observas cada detalle, como perdiéndote en tí misma, descubres un lugar lleno de vida en movimiento, de interactuaciones y expresiones dignas de la amplitud de los sentidos.
Me fascinan las hayas, tanto como su nombre: Fagus Sylvatica. Que suena mitad salvaje, mitad bohemio. Siempre pienso en ellas como bailarinas de una comparsa de culto, en esas poses imposibles y descriptivas, como diciendo: "Eh! Mirad! Estoy aquí. Si, observad el nuevo pase de baile que he desarrollado." Como una medusa de brazos omnipotentes se contorsionan, y unas veces en soledad, otras en parejas, incluso en trios, ensayan por cientos de años el paso de baile que el Ser del Bosque, como batuta y director exigente con su gran obra, les entregó, y ellas, lo ensayan sin descanso, día tras día, año tras año, lustro tras lustro, en esa persecuccion del "memento" místico de la opera prima.
Pocos pueden sumergirse en un Hayedo como en su gran estreno y disfrutar de la actuación. Pero quien lo logra, no sólo graba la precisa ejecutación de la pieza de baile en su retina; la guarda en su corazón.
Cuando salgo de un hayedo aplaudo y grito: ¡Bravo! No hay compañía que deleite mejor.
Un bailarín humano no debería dejar de ir a un hayedo para observar tal espectáculo e igualar, si puede, su expresion. Donde vislumbrar un arabesque se vuelve desafiante y descubrir un croisé devant arbóreo le inspirará hacia una carrera humilde y prometedora.
El Bosque es un lugar espejo donde podemos reflejarnos. Si caminamos con el corazón y a pausa en cada detalle, podemos no solo descubrirnos como auténticos, podemos re-conquistarnos y volver a confiar en nuestra misión. 

 

Noelia Velasco