El Extenso Tiempo del Bosque

Es agradable obserbar un árbol o una planta con el placer del extenso tiempo. Mirándolo como si fuera la primera vez que ves un ser vivo de esa especie. Haciéndote preguntas de las que unas te llevan a otras, sin posibilidad de terminar en un absolutismo, pues cuando crees que has llegado a una certeza, el árbol se agita y descubre ante tí un paradigma nuevo. Te detienes en la corteza y te cuestionas sus grietas, simas arriesgadas para los insectos que las recorren sorteando los peligros de su verticalidad al roce del viento. Acaricias las raíces sobrepoblando el compactado suelo, esas que se formaron para la densa oscuridad del humus, pero en algún momento, se vieron obligadas a crear una corteza a velocidad acelerada para protegerse de pisadas y otros improperios. Tumbada en el césped, sin abandonar su linea de goteo, descubres la cantidad de palabras que puedes formar con los cruces de las ramas, esa red neuronal gemela del ultrasuelo. Y las frases comienzan a brotar como el recepe de un castaño añejo. Una hoja carcomida forma un corazón hermoso. Una comunidad de coleópteros se afanan en el devenir arbóreo, disolviendo la robusted del inmenso árbol en sus diminutos estómagos. Un pájaro trabaja pico en rama sin descanso, levantando el hogar de su futura prole. Un zorro expresivo y audaz se acerca en la distancia, en busca de su árbol preferido para masajear su lomo, pero se detiene al verte, creyendo que en su quietud la invisibilidad le proteje, tu juegas a hacerte la despistada y le observas girar en un instante fugaz y desaparecer absorvido por el mundo de las zarzas. Y respiras satisfecha del "no hacer" que hace más que la mayoría de las cosas diligentes. Que te abstrae y te ayuda a descender al mundo de los aspectos importantes. Ya no necesitas tanto de nadie, mas que de comprender y fabricar dióxido de carbono al expirar, para establecer el vínculo sagrado del estado del compartir con los seres arbóreos.

Noelia Velasco

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