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En la Naturaleza todos los elementos que nos rodean están espiritualmente vivos, ya sean las montañas, el agua, los árboles, el cielo, o los seres vivos. Árboles y viento, tierra y agua, forman una cadena perfecta en la que se encuentran las voces de nuestros antepasados y se desarrolla un lenguaje que se mantiene sujeto a una honesta interpretación, lejos de las mentes imaginativas influenciadas por literatura popular y el cine épico. Un lenguaje de premoniciones, consejos, recomendaciones, advertencias, mensajes que para el despierto son de rotunda claridad.

 

De los animales podemos aprender muchas aptitudes, costumbres y habilidades naturales. Camuflaje, rapidez, astucia, resistencia, caza, lealtad al grupo, adaptación al entorno, sabiduría, sigilo… Después de haber madurado nuestra relación sincera de compartir con la Naturaleza, podemos situarnos bajo la protección o designio de los animales de poder o totémicos, que no es más que la energía grupal que se desprende de cada especie, a la que nos adherimos en un acto de integrar en nosotros aquello que necesitamos en ese momento. De este modo es posible establecer un vínculo sagrado de respeto y admiración.

 

De los árboles podemos aprender la paciencia, la entrega más desinteresada que existe en este planeta, por ello, podemos aprender de su BONDAD. También de su capacidad de rehacerse, de rebrotar; la fuerza de los ciclos se hace evidente en ellos: brota en la primavera, abastece en el verano, cosecha en el otoño, descansa y profundiza en silencio en el invierno. Nos enseñan como nadie que este planeta es una gran rueda, una cadena inagotable de colaboración, donde cada uno somos una hoja, una pequeña raíz, un gramo de ramaje, una hendidura en el tronco, una porción de albura o un pequeño cambium generando nuevos integrantes para formar este Gran Árbol que es la vida en el planeta. Y cuando tocamos la sinfonía de la cooperación todo se vuelve como el rio, fluido.

 

La vida del árbol es la vida del pueblo. Si el pueblo se aleja mucho del árbol, nos olvidamos de comer sus frutos, los frutos del árbol no se limitan a la pieza sabrosa y nutritiva, pues en toda la materia se haya una lectura profunda relacionada con la “no materia”; así, entendemos que los frutos del árbol son: el amor, la generosidad, la paciencia, la sabiduría, la equidad, el coraje, la justicia, el respeto, la humildad, la lealtad, la bondad, la firmeza y la flexibilidad en un mismo tiempo y en su gradiente adecuado. Mientras viva el Árbol, vivirá el pueblo.

 

Pero el Árbol en su origen fue una pequeña semilla y por ende, toda semilla tiene el potencial de llegar a ser un árbol. Los cuatro aspectos de nuestra naturaleza (lo físico, lo emocional, lo mental y lo espiritual) son como semillas. Por lo tanto, cada aspecto tiene el potencial de desarrollar poderosos dones o herramientas que nos llevan abrir puertas interrelacionadas, pues abrir una implica la valentía de abrirlas todas para completar el proceso. Somos una semilla hermosa y debemos escoger con sigilo la tierra en la que emerger, el agua con la que alimentarnos, el aire del que respirar y, también, el fuego con el que arder llegado el momento. La única manera de comprender algo en profundidad es entender como ese “algo” se relaciona con todo lo demás, lo que nos invita al planteamiento de la unidad. Y la Naturaleza nos lo recuerda a cada paso.

 

Ser guardián de la Naturaleza es ser guardián de cada forma de vida, por eso no es un camino fácil para todos. El respeto hacia la vida es el primer paso de los muchos que tenemos que dar para conservar nuestro legado. Respetar significa sentir admiración o tenerle estimación a alguien o a algo; tomar en cuenta su bienestar o tratarlo con deferencia y amabilidad. Mostrar respeto es una ley fundamental de la vida.

 

©Noelia V.

 

 

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