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Si vivir viviera en el Bosque

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En verdad quisiera poder escabullirme del todo del asfalto, irme tan lejos como mis piernas y mi valentía me permitiesen. Irme a la profundidad de un bosque y tener la habilidad para construirme una cabaña segura, firme y hermosa, en lo alto de un árbol, un árbol robusto, quizás un roble por su coraje o un fresno para alejar los rayos.
Quisiera tener la destreza de alimentarme con mis propios recursos, saber lo suficiente de las plantas y sus cultivos como para asegurar en mí una supervivencia sana. Quizás tejer bufandas, elaborar aceites y ungüentos o hacer piezas de barro para intercambiarlas en el pueblo más cercano por útiles necesarios.
Vivir en soledad, o puede que acompañada por un leal perro, un pastor que me alertase de los peligros. Ver a los humanos una vez al mes como mucho, y lo justo para el intercambio.
Releería mis mejores libros una y otra vez, y escribiría historias para nadie, o puede que para sentirme acompañada por los dialogos de mis personajes.
Cantaría aún desafinando y tocaría mi armónica al atardecer. Bailaría sin miedo a mostrarme torpe o descarada. Alguna vez gritaría buscando contestación en el laico eco y la mayoría del tiempo, desentramaría mi silencio para penetrar en lo más profundo de mi alma.
Hablaría con los árboles y con los animales que curiosos se acostumbrasen a mi permanencia, compartiría con ellos mi comida, mi agua y mi vino, en libaciones poéticas y memorables.
A lo mejor, aprendería a pescar en el rio cercano, de aguas firmes y templadas. Agradecería a cada vida sesgada para mi sustento y jamás tomaría más de lo que mi estómago pudiera disfrutar. Me abrumaría la violencia que a veces representa la naturaleza en sus festines.
Puede que bailara junto al fuego desnuda, como aquellas mujeres lejanas que me precedieron. Puede que saltase sobre las llamas, tornasolando mi piel al rozar el fuego. Eso me haría sentirme viva y vigorosa, limpiando mis pecados y mis malos sueños.
Por las noches observaría el cielo, y en algún breve instante, añoraría mi vieja vida, los abrazos, las charlas, las risas compartidas, pero el viento fresco de la noche se llevaría esos pensamientos y un remolino de frío me hablaría de las decepciones, de los agravios, de las agresiones, del dolor de las palabras hirientes y de lo pequeña que me llegué a sentir. Me apretaría contra Jupiter, mi perro, y suspiraría para deshacerme pronto de ese mal sabor de boca. Y volvería a sonreir, estaba donde yo había escogido, y eso sólo los valientes pueden hacerlo.
En los meses de verano, observaría el curso de las serpientes, admirando sus escondites perfectos. Me tumbaría en algún claro al recio sol, atrayendo sobre mí el vuelo de algunas mariposas. Me bañaría desnuda en el río e imitaría el nadar de mis vecinas las nutrias.
Mi cuerpo ya no sería una verguenza tuviera la forma que tuviera, ni para mí ni para nadie. No habría más cera de depilar, ni corsets coagulantes, ni tacones sobre los que practicar funambulismo, el reflejo que el agua me devolviese de mi misma siempre sería la mejor versión de mí, independientemente de su forma, de su edad o de su peso. Flores de increibles colores serían todo mi engalanamiento.
En el bosque no habría compromisos sociales, más que los pasos de los equinoccios y de los solsticios, con los seres arbóreos y los animales como consejeros. Como norma tendría la libertad, como ley el respeto.
En la estación del otoño, atesoraría semillas para luego plantar árboles extendiendo hasta el infinito los límites del bosque. Decoraría mi cabaña con hojas secas, y recopilaría madera muerta para el fuego de los meses fríos, que llegarían avisando con el vuelo de la garza y los primeros narcisos. Algún oso en su última vejez, me habría obsequiado con su piel, y yo me habría hecho un abrigo digno de una guerrera apache.
Vería los días oscuros pasar, haciendo introsepección de la cosecha espiritual del estío. Incorporaría la noche en mis rutinas estrelladas de observación, y acompañaría mis cenas con el baile incontrolado de las velas.
Poco a poco los días comenzarían a crecer, las primulas darían el relevo a las aquileas y estas a los lirios silvestres, las lluvias menguarían poco a poco y el barro pronto seco, me permitiría pisar firme de nuevo.
Me detentría en algún momento para obsevar como la rueda del año comenzaba de nuevo, un año tras otro, hasta que mi pelo se volviese blanco y mis pasos más ligeros. 

Al final de mi tiempo, algún senderista extraviado, al pasar junto a mí, sería incapaz de verme, es lo que pasa cuando te traga el bosque, unos te ven como un arbusto enjuto a la vera de un tronco hueco, otros como un recodo en el camino intransitable, pero nadie ve que soy yo, incluso yo, sin apreciarlo, habré dejado de tener conciencia de mi misma, para sólo ser y sólo respirar la vida y el bosque ajena del todo al miedo. 

Finalmente moriría conociendo el momento exacto de mi tránsito, y mi cuerpo, como el árbol caído, sería pasto y cobijo, humus y silencio.

 

Noelia Velasco